Fuerzas Armadas
Firmes, mi general
Entrenamos al soldado para no pensar en primera persona del singular, y después le exigimos criterio moral. La democracia colombiana lleva setenta años haciendo como si eso no fuera contradictorio.
Por La Redacción · · 3 min de lectura
Hay una pregunta que en Colombia hemos evitado desde todos los ámbitos: los militares (y los policías, que en Colombia convergen bastante) la consideran ofensiva, y la izquierda desprecia a las fuerzas armadas por pereza de entenderlas. La pregunta es por qué los militares y los policías tienden a seguir ideologías políticas autoritarias, casi siempre de derecha, aunque con excepciones notables como la de Chávez en la izquierda. ¿De dónde viene esa necesidad de seguir al caudillo, con la ideología apenas como envoltorio, siguiendo en realidad a un líder y no a un programa?
Freud lo describió con una precisión que aún hoy incomoda. En Psicología de las masas y análisis del yo clasificó al ejército y a la Iglesia como «masas artificiales», grupos sostenidos por la ilusión de que existe un jefe que ama a todos sus miembros por igual. El soldado no ama a la patria, no está "firme" por ella, porque es una abstracción (y quizá también porque es mujer): ama a su líder, y ama a sus compañeros porque el líder los ama a todos por igual. El vínculo es libidinal, desexualizado, sublimado en disciplina. Y tiene un gran costo, pues reemplaza el ideal del yo, que es la instancia que juzga, por la voluntad del líder, que se interpreta erróneamente como voluntad del grupo. Despojado de su individualidad, el soldado pierde toda capacidad de cuestionar una orden, o una idea.
Klaus Theweleit fue más lejos en Fantasías masculinas, su estudio sobre los Freikorps alemanes, los paramilitares que serían el semillero de las SA. Encontró en sus diarios y novelas un terror a lo fluido, a lo blando, a lo femenino, a la "marea roja" que amenaza con disolver los contornos del cuerpo. Contra ese pánico, el uniforme funciona como una segunda piel, como una coraza que impide que el sujeto se desborde. De ahí el culto al torso masculino, a la marcha varonil, al general de mandíbula apretada. Esa exhibición de virilidad es pánico a la disolución administrado mediante rigidez. El factor homoerótico no está en el clóset de nadie, pues se encuentra tallado en la estructura misma, en una economía del deseo entre hombres representada en la obediencia al macho más grande.
En Colombia esa maquinaria fue meticulosamente enseñada. La Doctrina de Seguridad Nacional, exportada desde la Escuela de las Américas durante la Guerra Fría, enseñaba una ontología completa. El enemigo dejó de estar en la frontera y pasó a estar adentro, disfrazado de sindicalista, de estudiante, de líder comunal, de campesino organizado, de homosexual o de mujer. Un militar formado en esa doctrina se vuelve de derecha desde que entra a la escuela, y su formación se convierte en su identidad.
Los 6.402 civiles asesinados y presentados como bajas en combate entre 2002 y 2008, según el conteo de la JEP, no se explican solo por sadismo individual. Hubo métrica, presión de mando, incentivos, permisos. Y hubo, sobre todo, miles de subalternos que no encontraron dentro de sí la frase "esto es un asesinato".
Ese es el punto exacto de esta columna: no falló la moral de esos hombres. Faltó el sujeto que la ejerce.
Hay que decir, a riesgo de ser obvios, que existen oficiales que denunciaron, que se negaron, que pagaron el costo. Y la inclinación política de las Fuerzas Militares también tiene causas mucho más materiales que el inconsciente, como el presupuesto, el fuero militar, la memoria de agravios acumulados. Pero ninguna de esas explicaciones llega hasta la docilidad, que es el fondo del asunto.
Al militar lo entrenamos para no pensar en primera persona del singular, y después le exigimos criterio moral para tomar decisiones trascendentales. Son dos cosas incompatibles, y la democracia colombiana ha vivido setenta años haciendo como si no lo fueran. La reforma pendiente pasa por el organigrama y el presupuesto, claro, pero sobre todo pasa por una educación crítica para los militares, y por la seguridad de que puedan decir no sin dejar de servir al país.